Marie examinó las fotos de frente y de perfil de Smith: una cara arrogante, dura, pero no
del todo, porque dejaba adivinar una singular delicadeza. Los labios y la nariz parecían
finamente dibujados y consideró aquellos ojos con su apariencia húmeda y soñadora, más
bien bonitos, con algo de esa sensibilidad propia de actor. Sensibilidad y algo más:
«malignos». Pero no tan malignos, tan sobriamente «criminales» como los ojos de Hickock,
Richard Eugene. A Marie, fascinada por los ojos de Hickock, le vino a la memoria un
incidente de su infancia: un gato salvaje que vio una vez cogido en una trampa. Ella hubiera
querido liberarlo, pero los ojos del animal, llenos de odio y dolor, pusieron fin a la piedad que
le había inspirado y la colmaron de terror.
-¿Quiénes son? -preguntó Marie.
Dewey le contó la historia de Floyd Wells y terminó diciendo:
-Tiene gracia. Hace tres semanas que nos concentramos en esa posibilidad. Que
investigamos a fondo sobre todos los hombres que en algún momento trabajaron en la
hacienda de Clutter. Ahora, por la forma en que se dieron las cosas, parece obra de la suerte.
Pero unos pocos días más y hubiéramos llegado a ese Wells. Habríamos descubierto que
estaba en la cárcel. Y entonces hubiéramos sabido la verdad. Claro que sí.
-Quizá no sea la verdad -observó Marie.
Dewey y los dieciocho hombres que con él colaboraban habían seguido centenares de
pistas que llevaban a callejones sin salida y ella quería prevenirlo contra otra posible
desilusión, porque su salud le tenía preocupadísima. Su moral era de lo más baja, había
enflaquecido y fumaba sesenta cigarrillos al día.
-No. Quizá no -murmuró Dewey-. Pero tengo una corazonada.
El tono en que lo dijo, le impresionó. Volvió a mirar los rostros que tenía sobre la mesa
de la cocina.
-Fíjate en él -dijo poniendo un dedo sobre el retrato del muchacho rubio-. Fíjate en estos
ojos. Que se te vienen encima. -Volvió a poner las fotografías en el sobre y añadió-: Preferiría
no haberlas visto.
Aquella misma tarde, un poco después, otra mujer en otra cocina, dejó a un lado el
calcetín que estaba zurciendo, se quitó las gafas de la montura de plástico y alzándolas hacia
sus visitantes les dijo:
-Espero que dé con él, señor Nye. Por su propio bien. Tenemos dos hijos y él es el
mayor. Lo queremos mucho, pero... Oh, lo comprendí. Comprendí que no hubiera hecho las
maletas. Se largó sin decir una palabra a nadie... ni a su papá ni a su hermano. A no ser que
estuviera otra vez en un lío. ¿Qué le hace actuar así? ¿Por qué?
Echó una ojeada a la otra punta de aquella habitación, que tenía por toda calefacción un
estufa, hacia una figura descarnada que se balanceaba en una mecedora: Walter Hickock, su
marido y padre de Richard Eugene. Era un hombre de ojos desvaídos, derrotados y de manos
callosas. Cuando hablaba, su voz sonaba como si se sirviera muy pocas veces de ella.
-Mi hijo no tenía nada anormal, señor Nye -dijo Hickock-. Un atleta magnífico, siempre
formando parte del mejor equipo de la escuela. ¡Basket! ¡Baseball! ¡Rugby! Siempre Dick era
la estrella. Y también un muy buen estudiante, con dieces en varias materias: historia, dibujo
técnico. Al terminar la segunda enseñanza en 1949, quería continuar, pasar a la universidad.
Estudiar para ingeniero. Pero nosotros no podíamos. No teníamos medios, francamente.
Nunca tuvimos dinero. Esta granja nuestra tiene solamente veinte hectáreas y apenas nos da
para ir viviendo. Imagino que a Dick le dolió no poder ir a la universidad. El primer empleo
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