en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También
los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al
final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el
domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel
donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario
que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el
telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y
que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg St. Honoré. Me confesó que
no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado
que aquel costeño aturdido por la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal
llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche,
mientras él soportaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte
desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro del ataúd
metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no
habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy
Sánchez entró por fin en el hospital, el martes en la mañana, ya se había consumado el
entierro en el triste panteón de La Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos
habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy
Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del
hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada que agradecer, pensando
que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la
madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia. Cuando salió del hospital, ni
siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre,
cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París
había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.
1976
76 Gabriel García Márquez
Doce cuentos peregrinos