la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la
mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular
herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza
pelada. Nena Daconte no le prestó atención, sino que dirigió a su marido una sonrisa
lívida.
— No te asustes — le dijo, con su humor invencible—. Lo único que puede suceder es
que este caníbal me corte la mano para comérsela.
El médico concluyó su examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy
correcto, aunque con un raro acento asiático.
— No, muchachos — dijo—. Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar
una mano tan bella.
Ellos se ofuscaron, pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que
se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella, cogido de la mano de su
mujer. El médico lo detuvo por el brazo.
— Usted no — le dijo—. Va para cuidados intensivos.
Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta
que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los
datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.
— Doctor — le dijo—. Ella está encinta.
— ¿Cuánto tiempo?— Dos meses.
El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. «Hizo bien en decírmelo»,
dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre
olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío
por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera
donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando
decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin
saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.
Nena Daconte ingresó a las 9.30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años
después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el
coche estacionado frente a la puerta de urgencias, y muy temprano, al día siguiente, se
comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más
cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala
de urgencias para ver a Nena Daconte, pero le hicieron entender que debía dirigirse a la
entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo ayudó a
entenderse con el portero, y éste comprobó que, en efecto, Nena Daconte estaba
registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes, de nueve a
cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a
quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos
detalles tan simples.
Tranquilizado con las noticias de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar
donde había dejado el coche, y un agente del tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras
más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera
de enfrente había un edificio restaurado con un letrero: «Hotel Nicole». Tenía una sola
estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo
piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en
cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con
once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda
triangular en el noveno piso, adonde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral
que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras
tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior.
Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un
aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del
cuarto era acostado en la cama. Todo era, peor que viejo, desventurado, pero también
muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente. A Billy Sánchez no le habría
alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la
cicatería. Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de
que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó media
72 Gabriel García Márquez
Doce cuentos peregrinos