09 En la Ruta del Titiritero | Página 72

La Cárcel de Morelia

Era una tarde dorada y airosa de febrero, Morelia reposaba bajo el peso de la siesta, las hojas barrían el suelo y el sol doraba los viejos árboles de la calzada rumbo a la cárcel. La fachada, sombría y vieja, y dentro, la oficina desmantelada y sucia en la que colgaban torcidos los retratos de don Benito Juárez y del General Cárdenas. Afuera el corralón grandísimo empedrado donde mi teatrito se veía minúsculo, los centinelas armados, con su calzón de manta se paseaban de un lado a otro por las azoteas, otros cuidaban una puertecita por donde se entraba a los galerones obscuros y malolientes en donde dormían los presos, estos se ocupaban tejiendo sombreros de palma. Los presos estaban todos sentados frente al teatro, muy callados y serios oyendo tocar“ Chuchita en Chihuahua” que los del Conservatorio ejecutaban, mientras me asomaba por entre las cortinas, los presos se codeaban sin atreverse aún a reír, y yo seguía jugando mientras las notas de Chuchita terminaban. Los presos estaban muy, muy callados, pero cuando mi abuelita doña Agripina salió a regañarme por sucio, se oía un leve murmullo, mientras la tarde rodaba con la trama de nuestras historias. Después todos reían sin acordarse ni qué eran, ni dónde estaban, sus respuestas brotaban fácilmente y en esa tarde todos sus corazones latieron sin rencor ni odio. Las manos callosas y oscuras ensayaron un aplauso. Un preso se atrevió a darnos las gracias, ofreciéndonos la cárcel como nuestra casa diciendo:“ Cominito llévanos, ven pronto por nosotros siempre te estaremos esperando”. El teatro se fue desarmando poco a poco, voces de protesta por nuestra retirada hicieron que me asomara de nuevo y les regalé mi retrato en un cartel junto con el negrito, lo clavaron en su dormitorio y lo conservaron mucho, mucho tiempo, acordándose de su amigo que una tarde les fue a visitar. Afuera el aire barría las hojas tristemente, los presos asomados por entre las rejas me gritaban“ No nos dejes Cominito, acuérdate de nosotros”, me sentí muy triste, mi caja oscura me abracé de mi Abuelita y me puse a llorar. Al otro día seguimos recorriendo todos los barrios. También trabajé, en la casa donde nos alojábamos, para todas las familias y sobrinos de la señora Oñate, dueña de la casa de huéspedes, a la que los rotarios bautizaron como el“ Castillo de Chuchurumbel”. El rector de la Universidad Michoacana, doctor Enrique Arreguín nos volvió a llamar para la feria de Uruapan.
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